Gorilas sin Causa

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“Somos una variante de la especie del mono en un pequeño planeta
que da vueltas alrededor de una estrella insignificante
”. William Boyd, novelista inglés

Tres comidas al día y tres siestas, 12 horas de sueño cada noche, ejercicio diario al aire libre, ambiente familiar relajado: viendo de cerca este fin de semana cómo viven los gorilas que habitan las laderas de los volcanes de Ruanda es difícil evitar la tentación de concluir que nuestros primos peludos se lo han montado bastante mejor que nosotros desde que se bifurcaron nuestros caminos hace ocho millones de años. Han conseguido sin trabajo, sin guerras, sin banderas, sin ideologías, sin religiones, sin ambiciones, sin causas y con un mínimo de complicaciones el estilo de vida al que siempre ha aspirado, y en el mejor de los casos muy fugazmente ha logrado, el homo sapiens.

Difícil también no arriesgarse a ser un poco pretencioso y citar algunas líneas de un poema que me vinieron a la mente mientras me detenía a seis metros de una familia de 12 gorilas en la selva ruandesa, observándoles fascinado mientras ellos o no me hacían ni caso o me miraban con fundado desdén.

“Creo que podría vivir con los animales / son tan plácidos y seguros de sí mismos…”, escribió Walt Whitman. “No se lamentan de su destino / no se pasan la noche en vela llorando por sus pecados… / Ninguno está insatisfecho, a ninguno le enloquece la manía de poseer cosas. / Ninguno se arrodilla ante otro… / Ninguno es ni respetable ni desdichado en toda la faz de la tierra”.

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Ruanda es un país particularmente indicado para reflexionar sobre la quimera del progreso humano. En 1994, mientras los gorilas se echaban sus siestas en paz, abajo en los valles hordas humanas mataron a un millón de hombres, mujeres y niños con machetes, palos o martillos, en cien días. También se echan o se echaban sus siestas, plácidos y seguros de sí mismos, durante la barbarie que hoy vive Oriente Próximo, durante el genocidio de Camboya en los años setenta; la bomba de Hiroshima, el horror de los nazis, la carnicería de la I Guerra Mundial y las masacres que llevaron a cabo nuestros antepasados más lejanos en la Edad Media, durante el Imperio romano y desde tiempos (al menos) del antiguo testamento, casi siempre con el noble objetivo de crear un mundo mejor.

Salvo en la ciencia, seguimos sin avanzar en lo más esencial de nuestra condición humana y todas las ideas que se han propuesto (marxismo, capitalismo, catolicismo, islamismo, etcétera) para recuperar el paraíso perdido o crear el cielo en la tierra han acabado generando más esperanza que resultados.

Durante la hora que observé a la feliz familia gorila en la montaña solo hubo un breve momento de tensión, el único que me hizo recordar nuestro parentesco común. Ocho o nueve de ellos estaban descansando o rascándose o jugando con los pequeños cuando de repente irrumpió en la escena el macho alfa, obligando a que todos dejaran de hacer lo que estaban haciendo y se apartaran de su camino. Cinco segundos después, una vez que el musculoso paterfamilias había encontrado un hueco donde reclinarse cómodamente, se recuperó la armonía y la serenidad.

Volaremos hoy a la Luna o a Marte, tendremos televisión, telefónos móviles, Internet, Facebook y Uber, pero seguimos tan sumisos a la figura del líder como cuando vivíamos en las cavernas. Veamos el caso francés. La inauguración, ayer, de Emmanuel Macron como presidente ha generado artículos en medio mundo, o al menos en media Europa, analizando la posibilidad de que la derrota al populismo que Macron representa se pueda replicar en otros países. Columnistas y otros expertos políticos se pierden en análisis sesudos de la globalización, del elitismo, de la desigualdad como factores decisivos de cambio político. Pero olvidan la lección más importante de las recientes elecciones francesas: lo más básico, lo más primario, lo más prehumano y lo más determinante en una elección democrática es la capacidad de persuasión emocional del líder.

Se ha hablado mucho en Reino Unido en la última semana sobre la necesidad de imitar el ejemplo francés de Macron con su nuevo movimiento político, En Marche!, y crear un nuevo partido político para llenar el vacío que ha dejado el partido laborista del triste e inepto Jeremy Corbyn. Lo que pocos dicen es que no es tanto un nuevo partido con nuevas ideas lo que se necesita sino un líder carismático para sacar al país del unipartidismo al que hoy está condenado. Si tras la inevitable derrota electoral en junio ante los conservadores de Theresa May el partido laborista cambia a Corbyn por un Macron británico es altamente probable (casi una garantía, más bien, tras la inevitable debacle del Brexit) que gane las próximas elecciones generales.

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Macron el personaje ha sido mucho más decisivo en la derrota del Frente Nacional de Marine Le Pen que las poco específicas políticas de “apertura” y “reforma” que Macron el ideólogo ha prometido. Donald Trump ganó a Hillary Clinton por muchos motivos, entre ellos lo raro del sistema electoral estadounidense y la ignorancia, mal gusto e infantilismo de un alto sector del electorado de su país. Pero al fin de cuentas ganó por la misma razón que ganaron todos los anteriores presidentes de Estados Unidos. Se impuso la biología. Trump transmitió una imagen de liderazgo a la altura de la de Hillary Clinton, cuya mayor debilidad frente al sector menos evolucionado pero más decisivo del electorado fue que por más alfa que fuese en sus conocimientos e inteligencia, nunca iba a ser un macho.

Yendo más allá de las llamadas “maduras” democracias occidentales vemos cómo se impone hoy en el mundo el modelo de liderazgo del “hombre fuerte”. Putin en Rusia, Erdogan en Turquía, Xi Jinping en China, Modi en la India: líderes gorilescos todos, jefes de países cuyas poblaciones cubren más o menos la mitad de la humanidad. Lo cual nos ofrece otra prueba más, por si fuera necesaria, de que hemos heredado lo peor y perdido lo mejor de la jungla, y la noción de la evolución humana hacia una forma de vida más sana, serena y feliz es, en el fondo, un espejismo.

Info: Elpais.com